Persistencias neocoloniales en la actualidad
1. Desigualdad ambiental
La colonialidad, como hemos ido viendo, no es solo un hecho histórico, sino que continúa organizando las relaciones actuales entre humanos, territorios y el mundo vegetal. Esto se evidencia, por ejemplo, en el acceso desigual a las zonas verdes, que está fuertemente racializado: las comunidades negras, en particular en las ciudades, tienden a estar más expuestas a la contaminación y tienen un acceso reducido a parques, espacios naturales y jardines privados 1.
Estas disparidades evidencian la permanencia de la lógica de la plantación, que perpetúa el «modelo del amo» y controla quién tiene o no tiene acceso a la tierra 2. Estas estructuras están basadas en la ilusión de separación y dominio de la Naturaleza, a la que Shiva se refiere como «apartheid ecológico» 3.
La colonialidad ambiental no se manifiesta únicamente en la distribución desigual de los espacios verdes. También aparece en la forma en que determinados territorios son considerados disponibles para la explotación, mientras que las poblaciones que los habitan son desplazadas o excluidas de las decisiones sobre su gestión.
↑ Volver al índice2. Ciencia, herbarios y conservación
Esta misma lógica sigue estando presente en la ciencia moderna. Los modelos dominantes, influenciados por la Ilustración, han privilegiado nociones de objetividad científica que siguen excluyendo o subordinando los saberes locales, afrodescendientes e indígenas 4. Sigue habiendo problemas en torno a los cambios de nombres coloniales, sobre quién tiene el poder de nombrar las plantas o qué especies atraen más investigación 2.
Algunas prácticas actuales de conservación de la biodiversidad, conocidas como «conservación de fortaleza», implican el acaparamiento de tierras y el desplazamiento de poblaciones indígenas al crear áreas protegidas, como parques nacionales. Esto se fundamenta en el prejuicio discriminatorio de que no se puede confiar en las comunidades locales para proteger sus territorios 4, 5, 6. Una vez más, culturas y civilizaciones no industriales y no basadas en combustibles fósiles siguen viéndose como atrasadas o primitivas, cuando en realidad son las que más protegen la biodiversidad al vivir inmersas en la trama de la vida 3. Tristemente, con estas prácticas se invisibilizan conocimientos culturales fundamentales para comprender las relaciones humanas con las especies con las que interactúan y cómo hacer frente a la crisis climática y de biodiversidad 4.
En este contexto, los herbarios son fundamentales para el estudio de la biodiversidad y el cambio global, especialmente del mundo vegetal. Sin embargo, en la actualidad existe una gran desigualdad. Park et al. han encontrado una relación inversa entre el lugar donde existe la diversidad vegetal en la naturaleza y donde se conserva en los herbarios 7.
Así, gran parte de la biodiversidad vegetal del Sur Global se conserva y clasifica en herbarios del Norte Global. Más del 60% de estos herbarios y el 70% de los especímenes se encuentran en países desarrollados con historias coloniales, generando una dependencia científica y material 7. Además, la digitalización, lejos de resolver estas desigualdades, puede reforzarlas al concentrar aún más el acceso a datos en instituciones con mayores recursos, reproduciendo formas de «imperialismo de la información» 7, 8.
Estas dinámicas también están presentes en jardines botánicos. Chacko analiza el caso de Kew, que en el año 2000 creó el Millennium Seed Bank Partnership. Aunque se presenta como una iniciativa para dar respuestas a la crisis ecológica, funciona mediante la extracción, clasificación y almacenamiento de semillas que son transformadas en datos y recursos genéticos 9. De esta forma, las plantas son desnaturalizadas según su valor y se integran en marcos neoliberales como «servicios ecosistémicos», reforzando su economización y ocultando las decisiones políticas sobre qué se conserva, cómo y quién tendrá acceso a ellas en el futuro 9.
↑ Volver al índice3. Biopiratería y nuevas formas de plantación
Las plantas indígenas siguen siendo tratadas como mercancías y fuentes de generación de ingresos. Son nuevas formas de conquista en esta modernidad que sigue replicando las lógicas del pasado. Muchas compañías están intentando encontrar, producir, probar y distribuir fármacos a partir de sustancias psicoactivas, apropiándose de plantas y conocimientos al tiempo que las comunidades observan nuevamente el despojo de sus plantas, de sus nombres y de su relación con ellas 10.
En este proceso, el llamado «renacimiento psicodélico» reproduce dinámicas coloniales de apropiación cultural y extractivismo, donde conocimientos indígenas son descontextualizados y convertidos en propiedad intelectual.
Las plantas psicodélicas son «terra nullius»: tierras de nadie, aún no habitadas por el comercio 11, pero se estima que para 2032 podría tratarse de una industria de entre 7.000 y 10.000 millones de dólares 10. La medicina alternativa también está experimentando un crecimiento acelerado, con una tasa de crecimiento cercana al 15 % anual. Actualmente, más de 1.000 empresas generan ingresos que superan los 60.000 millones de dólares al año, y gran parte de las materias primas de sus productos provienen de regiones con alta biodiversidad en Asia, África y América del Sur 12.
Estas prácticas se conocen como biopiratería, que se basa en la apropiación de recursos biológicos y conocimientos tradicionales indígenas sin el consentimiento previo ni una distribución justa de beneficios hacia las comunidades que los han preservado 12. En el contexto poscolonial, la biopiratería se ha complejizado a través de las empresas multinacionales, los avances en biotecnología agrícola y la expansión de patentes sobre la vida vegetal 12, 13.
De esta forma, las lógicas de la plantación se han reconfigurado bajo el neocolonialismo, provocando grandes transformaciones en la agricultura 14. Las semillas —antiguamente preservadas e intercambiadas en comunidad— han pasado de ser bienes comunes a productos comerciales, afectando al propio material genético de las plantas al perder su capacidad natural para autorreproducirse 15, 16.
Además, esta práctica impone una «captividad contractual» sobre los agricultores y agricultoras que dependen de grandes corporaciones y de fertilizantes sintéticos, que contribuyen a la destrucción de la biodiversidad y al aumento de las emisiones 17, 3. Así, los conocimientos locales, más resilientes, son desplazados por un paradigma mecanicista que reduce la biodiversidad a mera materia prima 3.
Un ejemplo de este modelo es la Alianza para una Revolución Verde en África (AGRA), fundada en 2006 y financiada, entre otros, por la Fundación Bill y Melinda Gates, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la Fundación Rockefeller y, entre sus socios del sector privado, Bayer —anteriormente Monsanto—, Syngenta, Microsoft y Nestlé 16.
Su objetivo era mejorar la seguridad alimentaria y reducir la pobreza mediante semillas mejoradas, fertilizantes y tecnología. Sin embargo, los resultados han sido bastante negativos. Por un lado, el número de personas desnutridas ha aumentado un 30 %; la inseguridad de los pequeños productores también ha aumentado, al desplazar los cultivos tradicionales por cultivos como el maíz 15, 16.
Por otro lado, los impactos ambientales también han sido negativos: pérdida de biodiversidad, acidificación del suelo e impacto en los esfuerzos de adaptación climática por culpa del uso de fertilizantes sintéticos 18.
↑ Volver al índice4. Palestina: plantas, paisaje y colonialismo
En Palestina, la lógica de dominación y persistencia del colonialismo alcanza su máxima expresión. La propia naturaleza y, en especial, el mundo vegetal, han sido y están siendo utilizados por Israel como arma de guerra y mecanismo de borrado histórico.
Israel, bajo la perspectiva del «orientalismo ambiental», ha descrito la Palestina anterior a 1948 como un desierto yermo que necesitaba ser restaurado para así justificar la estrategia de forestación deliberada que el Fondo Nacional Judío (JNF) ejecutó tras la Nakba 19. Mediante la plantación de coníferas no autóctonas, se crearon paisajes para —bajo la apariencia de parques nacionales y reservas naturales— ocultar los restos físicos y simbólicos de 86 pueblos palestinos destruidos. La remodelación del paisaje se utilizó para «judeizar» y «europeizar» el territorio, impidiendo materialmente el regreso de los refugiados palestinos y alterando los ecosistemas locales 19.
Además, desde 1967, las fuerzas israelíes han arrancado más de 800.000 olivos, un árbol que representa no solo la fuente de economía para millares de familias, sino también una representación nacional y espiritual de resistencia 19. Esta sustitución botánica se ha intensificado desde 2014 mediante tácticas militares como el despliegue de aviones fumigadores que esparcen herbicidas tóxicos sobre tierras agrícolas en la Franja de Gaza, destruyendo cultivos de subsistencia 20. Todo ello constituye una forma de ecocidio, especialmente tras la guerra, en la que se ha producido una destrucción ambiental masiva y sistemática del territorio: a marzo de 2024, casi la mitad de la cubierta forestal y de la tierra agrícola de Gaza había sido destruida 20, 21.
El concepto de eco-sumud surge como respuesta a estas violencias y consiste en una forma de resistencia diaria en la que el mantenimiento de un vínculo profundo con la tierra se convierte en un acto político 20. En este sentido, volcarnos hacia el mundo vegetal abre también un horizonte de esperanza: la capacidad de los olivos para rebrotar tras décadas de opresión nos muestra que es posible resistir. El mundo vegetal no solo sostiene la vida, sino que también es testigo de la continuidad cultural y política de los pueblos.
↑ Volver al índiceBibliografía
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