B. Impactos en el mundo vegetal y humano
1. Impactos del colonialismo en el mundo vegetal
El colonialismo transformó profundamente el mundo vegetal. El movimiento de plantas entre territorios, impulsado inicialmente por jardines, colecciones y posteriormente por plantaciones, produjo procesos de introducción y naturalización de especies que todavía pueden reconocerse en la composición de las floras actuales 1. Lenzner et al. (2) muestran que las regiones que estuvieron bajo el dominio de una misma potencia colonial presentan hoy floras introducidas más similares entre sí, una huella que evidencia la persistencia de las redes botánicas creadas durante el colonialismo.
Desde el siglo XV aumentó considerablemente la introducción de plantas consideradas útiles, ornamentales o económicamente valiosas. Praderas, valles y llanuras fueron transformados en campos de cultivo, huertos y viñedos, mientras especies procedentes de otros territorios eran trasladadas y aclimatadas a nuevos ambientes 3. En lugares como India, China o el norte de Australia, las floras naturalizadas comparten especies introducidas durante la ocupación británica, contribuyendo a una progresiva homogeneización vegetal a escala global 2. Incluso la flora espontánea de nuestras ciudades conserva esta historia: muchas de las plantas que hoy consideramos propias de un lugar llegaron desde otros territorios siguiendo las rutas de comercio, conquista y migración humana 4.
Uno de los dispositivos más radicales de esta transformación fue el sistema de plantación. Grandes extensiones de territorio fueron despejadas y reorganizadas para sustituir ecosistemas y formas de agricultura tradicionales por monocultivos destinados al mercado, como el azúcar o el algodón 5, 6. La plantación no solo implicó la apropiación y transformación de los territorios, sino también profundas formas de violencia sobre los cuerpos y las comunidades que los habitaban, alterando las relaciones entre plantas, animales, suelos y seres humanos.
En este contexto surge el concepto de Plantationocene o Plantacionoceno, propuesto por Donna Haraway y Anna Tsing y desarrollado posteriormente por diferentes autores para señalar el papel de la plantación como modelo de transformación ecológica, económica y social 7. El concepto desplaza la mirada desde una humanidad abstracta hacia sistemas históricos concretos basados en la extracción, el monocultivo, la esclavitud y el desplazamiento de seres vivos.
La plantación implica una simplificación radical de la biodiversidad. Ecosistemas complejos son sustituidos por superficies homogéneas en las que determinadas especies vegetales son seleccionadas, reproducidas y disciplinadas para responder a las necesidades del mercado 7. Las plantas dejan de ser parte de una red de relaciones para convertirse en unidades productivas. Este proceso también alteró los tiempos biológicos: los ciclos de germinación, crecimiento, floración y cosecha quedaron subordinados a calendarios productivos, mientras las formas de trabajo humano y no humano fueron incorporadas a una misma lógica económica. Las plantas realizan así un trabajo biológico que, aunque no remunerado, resulta indispensable para la economía de la plantación 7. Al mismo tiempo, la plantación implicó desposesión territorial, dependencia económica y control sobre los cuerpos. La esclavitud y la racialización de las poblaciones no europeas formaron parte de este sistema de producción, al igual que la consideración de determinadas plantas como “rebeldes” cuando escapaban de los límites establecidos para ellas 5, 7.
El legado de la plantación continúa presente en los actuales sistemas industriales de producción agrícola. La concentración de recursos, la disciplina del trabajo, la simplificación ecológica y la separación entre producción y cuidado forman parte de una historia que conecta colonialismo, capitalismo y crisis ecológica 6. Comprender el Plantacionoceno permite, por tanto, reconocer que la crisis ambiental contemporánea no es únicamente el resultado de una presión humana genérica sobre la naturaleza, sino también de sistemas históricos concretos que reorganizaron territorios, especies y relaciones de vida para hacer posible la extracción a gran escala.
↑ Volver al índice2. Colonialismo y relaciones con las plantas
La botánica colonial no transformó únicamente los territorios y las plantas. También modificó las relaciones que las poblaciones mantenían con ellas. Si la cultura y la experiencia cotidiana influyen en nuestra capacidad para reconocer, nombrar y valorar las plantas, resulta necesario preguntarse qué ocurre cuando esas relaciones son sustituidas por una lógica mercantilista basada principalmente en la propiedad, la utilidad y el intercambio económico.
El llamado “monocultivo del conocimiento” es un proceso mediante el cual determinados sistemas de conocimiento adquieren autoridad mientras otros son invisibilizados o considerados inferiores 8. Esta pérdida no es únicamente cultural. Los conocimientos indígenas sobre especies alimentarias, medicinales o ecológicas forman parte de la diversidad biológica y cultural de los territorios. Cuando esos conocimientos desaparecen, también pueden desaparecer prácticas de manejo y variedades vegetales asociadas a ellos 9, 10.
Frente a esta lógica, Robin Wall Kimmerer propone recuperar relaciones basadas en la reciprocidad, el respeto y la gratitud. Su concepto de “cosecha honorable” plantea que no debemos tomar más de lo necesario, que debemos utilizar aquello que recibimos con respeto y que nuestras acciones deberían devolver algo al mundo del que dependemos.
El colonialismo también transformó la gestión del territorio. En diferentes contextos africanos, las formas comunales de propiedad y uso de la tierra fueron sustituidas o restringidas mediante sistemas que concentraron el poder sobre el territorio en manos de autoridades coloniales y empresas privadas. En Nigeria, por ejemplo, estas transformaciones modificaron las prácticas agroecológicas y favorecieron modelos intensivos de producción 5, 10. Las consecuencias de estas transformaciones no pertenecen únicamente al pasado: las disputas actuales por el acceso a la tierra, la posibilidad de trabajarla, disfrutarla o protegerla mantienen vínculos con estas estructuras históricas 10.
Otro de los grandes procesos de transformación vegetal fue el desplazamiento de cultivos entre continentes. Aunque las plantas han viajado entre territorios durante miles de años —por ejemplo, mediante las rutas de navegación polinesias o la Ruta de la Seda—, entre la expansión europea y la Revolución Industrial se produjo una aceleración extraordinaria de estos intercambios. El denominado “intercambio colombino” transformó la alimentación, la medicina, la obtención de madera, los tintes y numerosas prácticas culturales 11.
Muchas de las plantas que hoy consideramos habituales en Europa tienen una historia de migración relativamente reciente. La patata, el tomate o el pimiento, por ejemplo, llegaron a Europa desde América y fueron incorporándose progresivamente a las cocinas y economías europeas. Esta circulación no fue simplemente un intercambio entre iguales. Por ejemplo, el 90% de los cultivos del Norte Global proceden de plantas domesticadas y cuidadas durante generaciones por comunidades indígenas del Sur Global 12.
La expansión de la agricultura industrial ha generado, además, una progresiva homogeneización de los mercados agrícolas. Aunque se conocen más de 350.000 especies de plantas, solo 417 se consideran cultivos alimentarios 14, 15. Además, tan solo 15 cultivos proporcionan aproximadamente el 90 % de la ingesta alimentaria de la humanidad, y más de 4000 millones de personas dependen del arroz, el maíz y el trigo para sobrevivir.
Esta dependencia supone una vulnerabilidad frente a las crisis planetarias a las que nos enfrentamos. Diversificar la producción alimentaria y recuperar variedades y especies locales puede contribuir a aumentar la resiliencia de los sistemas alimentarios. Pero recuperar plantas infrautilizadas no debería hacerse únicamente desde una perspectiva utilitaria: también puede ser una oportunidad para recuperar conocimientos, prácticas y relaciones con los territorios. Las recetas tradicionales, los alimentos de temporada y las variedades locales pueden funcionar así como formas cotidianas de reconexión con el mundo vegetal y nuestras culturas.
↑ Volver al índice3. Género y sexualidad en la historia botánica
La botánica ha sido presentada en ocasiones como una ciencia especialmente apropiada para las mujeres. Sin embargo, esta supuesta feminización convivió durante siglos con la invisibilización de sus contribuciones. Las mujeres participaron en la recolección, identificación, cultivo, ilustración y transmisión de conocimientos vegetales, pero sus nombres aparecen de forma muy minoritaria en la historia oficial de la disciplina. Un estudio sobre más de 260 años de nomenclatura botánica encontró que menos del 3 % de las especies de plantas terrestres habían sido nombradas por mujeres 16. La desigualdad también aparece en los nombres dedicados a personas: solo alrededor del 6 % de los géneros de plantas con flores llevan nombres de mujeres 16.
La ciencia colonial contribuyó a borrar conocimientos y contribuciones de mujeres indígenas, negras y de otras poblaciones no europeas. La construcción occidental de la naturaleza estuvo profundamente atravesada por relaciones de género y raza: la naturaleza fue representada como algo femenino, pasivo y disponible para ser conocido, clasificado y explotado 17, 18. En este contexto, las mujeres europeas que consiguieron participar en la historia de la botánica encontraron espacios principalmente en ámbitos considerados compatibles con su género: la literatura infantil, la pintura, la ilustración científica, la poesía, la enseñanza o el cultivo de jardines 19, 20.
Entre ellas se encuentran como Maria Sibylla Merian (1647-1717), científica precursora de la entomología, ilustradora científica y pintora; Madeleine Françoise Basseporte (1701-1780), pintora botánica oficial del Jardin du roi en París; Jane Colden (1724-1766), botánica e ilustradora, considerada la primera mujer botánica de Estados Unidos; Jeanne Barret (1740-1807), botánica y exploradora, y la primera mujer en dar la vuelta al mundo; Marianne North (1830-1890), que, después de recorrer diecisiete países, elaboró más de 800 ilustraciones; o Beatrix Potter (1866-1943), que conocida por su personaje de Peter Rabbit, trabajó en el ámbito de la micología, produciendo unas 350 láminas de hongos y de líquenes 19, 20, 21, 22.
Aunque es importante rescatar la memoria de estas mujeres y su papel en la historia, también debemos remarcar que las narrativas contemporáneas sobre el rol que tuvieron las mujeres y los obstáculos sociales a los que se enfrentaron se centran frecuentemente en mujeres blancas, privilegiadas y, en ciertas ocasiones, también colonas 25. Las mujeres también participaron en el propio proyecto imperial. Desde los espacios domésticos de la metrópoli, consumían, cultivaban y exhibían plantas exóticas como símbolos de estatus y dominio, transformando jardines, herbarios y colecciones privadas en escenarios donde se celebraban los logros del imperio. Asimismo, algunas patrocinaban expediciones botánicas, intercambiaban especímenes con naturalistas de élite y contribuían a la circulación del conocimiento científico. Contribuyeron así a la 'domesticación' del imperialismo 24. También en las colonias, muchas mujeres reprodujeron estos valores al privilegiar especies europeas frente a las autóctonas en sus jardines. Así, mientras algunos movimientos feministas de la época comenzaron a cuestionar las desigualdades de género y se opusieron al comercio de esclavos, numerosas mujeres vinculadas a la botánica buscaron legitimidad y reconocimiento dentro del campo científico 24.
Por ello, la historia de las mujeres en la botánica debe analizarse desde una perspectiva interseccional. La mayoría de las naturalistas que aparecen en los relatos históricos procedían de sociedades europeas y contaban con condiciones sociales, económicas y familiares que les permitían acceder al conocimiento científico 25. Jane Colden, por ejemplo, pudo desarrollar sus intereses botánicos gracias al apoyo de su padre. Al mismo tiempo, numerosas mujeres locales e indígenas actuaron como recolectoras e informantes fundamentales para expediciones científicas, aunque sus nombres y contribuciones quedaron frecuentemente fuera de los registros oficiales 26. La obra Aboriginal Plant Collectors (2008) 26 documenta algunos de estos casos en Australia. Mujeres como Matora, esposa de Boongaree, o Abaroo, partera, participaron en la recolección de especímenes para naturalistas europeos, mostrando hasta qué punto el conocimiento botánico colonial dependió de personas cuyas contribuciones posteriormente fueron invisibilizadas.
Las relaciones de las mujeres con las plantas va mucho más allá que la botánica científica. A lo largo de diferentes territorios han sido cultivadoras, recolectoras, cuidadoras de semillas, herbolarias, curanderas, parteras y guardianas de conocimientos medicinales. Estas prácticas han resultado fundamentales para la alimentación, la salud y la sostenibilidad de numerosas comunidades 27, 28. En muchas regiones, las mujeres han desempeñado y siguen desempeñando un papel central en la producción alimentaria y en la conservación de conocimientos sobre semillas, cultivos y biodiversidad 29.
Las llamadas yerberas o mujeres dedicadas al conocimiento medicinal de las plantas constituyen otro ejemplo de estos saberes. En contextos donde el acceso a la medicina institucional era limitado, estos conocimientos permitieron cuidar la salud de comunidades enteras 19. Sin embargo, estos saberes también fueron perseguidos. Las cazas de brujas contribuyeron a criminalizar prácticas relacionadas con el conocimiento de las plantas, la reproducción y el cuidado de los cuerpos. La figura de la mujer curandera, campesina o conocedora de hierbas podía ser presentada como una amenaza para el nuevo orden económico y social.
En los Pirineos catalanes, las trementinaires mantuvieron durante los siglos XIX y XX conocimientos sobre plantas medicinales y recorrieron diferentes territorios recolectando y comercializando productos vegetales. Su saber fue transmitido principalmente entre mujeres y quedó asociado a representaciones estigmatizantes de las curanderas y las “brujas” 30.
No obstante, dado que la mayor parte del uso, gestión y conservación de plantas tiene lugar en el ámbito doméstico, su rol y su reconocimiento suelen pasar desapercibidos. Por ejemplo, muchas mujeres africanas mantuvieron el conocimiento vegetal, trenzando arroz o semillas en su cabello antes de cruzar el Atlántico —en su camino hacia la esclavitud— o lo trenzaban en el cabello de sus hijas e hijos antes de ser separados en las plantaciones, para que pudieran alimentarse 5. Hoy en día, la práctica del trenzado sigue siendo una forma de significación, de preservación de la historia de sus antepasados y una apuesta política de resistencia en un mundo todavía atravesado por el colonialismo, el racismo y el imperialismo 31.
La etnobotánica contemporánea ha mostrado, además, que las diferencias entre los conocimientos de hombres y mujeres no pueden reducirse simplemente al número de especies conocidas. En un estudio realizado en el nordeste de Brasil, hombres y mujeres conocían cantidades similares de plantas, pero diferían en sus formas de adquisición, usos y relaciones con ellas 32. Las mujeres presentaban un conocimiento especialmente relacionado con la medicina, la salud reproductiva, el cuidado de la infancia y la protección cotidiana 32, 33, 35. Otros estudios señalan también la importancia de los conocimientos transmitidos entre madres, abuelas y suegras, así como la utilización de plantas vinculadas a prácticas espirituales y de protección 28, 32, 34.
Estos ejemplos muestran que el conocimiento vegetal no es únicamente una acumulación de nombres de especies. Es también una red de relaciones, prácticas, memorias y formas de cuidado. Cuando las instituciones científicas han medido el conocimiento exclusivamente mediante categorías académicas, han podido infravalorar precisamente aquellas dimensiones que sostienen la vida cotidiana.
Las relaciones entre botánica y género alcanzan también la propia clasificación científica de las plantas. La obra de Carl Linnaeus contribuyó a consolidar una forma de ordenar el mundo vegetal a partir de sus estructuras reproductivas. En su sistema, los estambres fueron asociados con lo masculino y el pistilo con lo femenino, utilizando incluso el lenguaje del matrimonio para describir las relaciones reproductivas de las plantas 1. Esta clasificación resultó influyente para la historia de la botánica, pero también puede leerse críticamente desde una perspectiva de género. Las plantas presentan una diversidad mucho mayor de formas reproductivas: existen especies con individuos unisexuales, plantas con flores bisexuales, especies hermafroditas y organismos capaces de cambiar de sexo a lo largo de su vida.
La sexualidad vegetal, por tanto, difícilmente puede reducirse a una oposición binaria estable entre masculino y femenino. Sin embargo, la clasificación de las plantas mediante categorías sexuales humanas contribuyó a naturalizar una determinada concepción binaria del sexo y del género.
La historia de la botánica muestra así cómo las formas de clasificar la vida nunca son completamente neutrales. Las categorías científicas se construyen dentro de sociedades concretas y pueden reproducir relaciones de poder. En el contexto colonial, las ideas sobre cuerpo, sexo, raza y naturaleza se utilizaron para ordenar y jerarquizar tanto a las personas como a otros seres vivos 1.
Hoy en día, a medida que se cuestionan y rompen los binarismos de género, relacionarnos con el mundo vegetal, puede inspirarnos a pensar más allá de las categorías rígidas. Las plantas pueden convertirse, en este sentido, en compañeras para imaginar otras formas de relacionarnos con el sexo, el género y la diversidad de los cuerpos 36.
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