Auge de la botánica como ciencia colonial
El rol de la taxonomía, los jardines botánicos, los herbarios y el arte en la expropiación de saberes.
1. Botánica y colonialismo
Galeón español Nuestra Señora de la Mar, 1695
La conexión entre los seres humanos y las plantas ha existido desde tiempos ancestrales, a través del alimento, la medicina o los rituales. Sin embargo, esta relación cambió profundamente durante la era de las exploraciones imperiales, especialmente a partir de los siglos XVI y XVII. Autores como Mastnak, Elyachar y Boellstorff (2014) 1 proponen repensar el origen del Antropoceno, normalmente vinculado a la revolución industrial, y situar una de sus raíces en estos momentos de expansión territorial europea. Fue entonces cuando comenzó una profunda reconfiguración de las relaciones entre humanos, plantas y territorio. La «colonización botánica» contribuyó a transformar la naturaleza en objeto de explotación, un proceso estrechamente ligado al surgimiento del Antropoceno y del sistema extractivista moderno.
Los viajes de exploración, impulsados por potencias como España, Francia, Inglaterra o Países Bajos, fueron una estrategia fundamental para el control y la explotación de los territorios. En este contexto, la recolección, clasificación, transporte y control del mundo vegetal se convirtieron en un negocio a gran escala, dando origen a la botánica como disciplina científica al servicio del imperialismo 2, 3, 1. Los naturalistas no se limitaban a estudiar las plantas: también cartografiaban los territorios, evaluaban sus recursos e identificaban especies que pudieran tener una utilidad alimentaria, medicinal o industrial. Su labor contribuía así a hacer los territorios más accesibles a futuras exploraciones y, posteriormente, a su explotación económica 4, 5.
Las plantas se convirtieron así en «el oro verde» 6. Para obtener beneficios era necesario conocerlas y saber cómo cultivarlas 7, 8, 9. De esta forma, los países que identificaban y explotaban más especies podían acumular mayor riqueza, que luego reinvertían en flotas, compañías comerciales e infraestructuras científicas. Se establecía así un círculo entre conocimiento, capital y poder que alimentaba la máquina colonial y que traía consigo despojo, esclavitud, destrucción territorial, apropiación e invisibilización de conocimientos locales 10, 6. Ciencia e imperio estaban, de este modo, profundamente entrelazados. Como escribieron Lafuente y Valverde (2004) 11: «la ciencia y el imperio son causa y efecto el uno del otro: no son idénticos; cada uno determina y está definido por el otro».
En este contexto de expansión imperial, el número de especies vegetales extraídas de los territorios aumentó drásticamente: de unas 6.000 en 1623 se pasó a más de 50.000 en 1800 12. Esta explosión de información hizo necesaria la creación de estructuras capaces de organizar, clasificar y controlar las plantas. ¿Cómo se llamaban? ¿Eran la misma planta con distintos nombres? ¿Para qué servían? ¿Dónde crecían mejor? Los métodos utilizados hasta entonces eran fundamentalmente locales, enraizados en contextos culturales específicos, y podían combinar el latín con lenguas vernáculas, árabe, nombres de la medicina tradicional y fórmulas descriptivas o «polinomios». Ante esta diversidad, los botánicos publicaban diccionarios de sinónimos en numerosos idiomas. Estos sistemas resultaban cada vez más difíciles de manejar ante la inmensa cantidad de especies que los europeos iban «descubriendo» 13, 12.
↑ volver al índice2. Taxonomía
Para responder a esta situación, botánicos, médicos, farmacéuticos, jardineros y coleccionistas intentaron crear un nuevo sistema de clasificación. En este contexto, una figura clave en el desarrollo y formalización de la taxonomía vegetal fue el científico y naturalista sueco Carl Linnaeus, Carlos Linneo en castellano, quien propuso el sistema de clasificación binomial que todavía constituye la base del sistema taxonómico moderno 14, 15, 5. Aunque su propuesta puede parecer, a primera vista, una herramienta puramente práctica destinada a ordenar la diversidad vegetal, no puede considerarse neutral. La obra de Linneo refleja una fusión de intereses imperiales, científicos y religiosos que promovieron la colonización a través del «imperialismo lingüístico» 12.
Critica Botanica 1737
La «taxonomía linneana» separó intencionadamente a las plantas de las culturas de las que provenían en un intento de alcanzar la «objetividad científica» 17. Antes de que este sistema se convirtiera en la lengua franca científica, algunos botánicos coloniales europeos se referían a las plantas por sus nombres indígenas, que solían contener información cultural sobre sus usos o características 16, 17. Linneo, inspirado en la lectura de la historia de Babel 13, redujo esta diversidad léxica en su búsqueda de un orden racional y objetivo del mundo vegetal. Se consideraba a sí mismo un legislador capaz de imponer orden en una comunidad botánica amenazada por la llegada de «vastas hordas» de plantas extranjeras y sus nombres «bárbaros» 12.
Para lograr esa estandarización, Linneo formuló un conjunto de normas en su Critica Botanica (1737) 18, un texto de unas 200 páginas. Allí no solo proponía reglas técnicas sobre cómo crear y mantener nombres botánicos, sino también una serie de restricciones ideológicas. Prohibió los nombres «extranjeros», las lenguas europeas distintas del griego y del latín, los nombres religiosos —aunque permitió nombres derivados de la mitología europea— y aquellos que evocaban los usos de las plantas, entre otros. Asimismo, todos los nombres y descripciones debían publicarse en latín, una lengua reservada a los círculos académicos europeos. Esto implicaba la exclusión de la mayoría de las mujeres y de los habitantes de los territorios colonizados que no tenían acceso al estudio de esta lengua 12.
Además, las plantas no eran nombradas por su distribución biogeográfica o sus usos culturales, sino que podían recibir los nombres de científicos europeos, reyes o mecenas que habían contribuido a financiar expediciones o jardines botánicos 12, 5. No se trataba únicamente de determinar el nombre por el cual se identificaría una planta, sino también de establecer quién tenía la autoridad para nombrarla. En una época en la que los naturalistas regulaban quién podía y quién no podía hacer ciencia, se formalizó también la exclusión informal de las mujeres. En su Critica Botanica aparecen al menos 144 géneros nombrados en honor a botánicos europeos, mientras que los nombres femeninos escasean. La nomenclatura reforzaba así la idea de que la ciencia era obra de «grandes individuos», siempre que estos fueran, por supuesto, hombres blancos europeos 12.
Con el Systema Naturae (1735), se establecieron también jerarquías raciales que colocaban a los europeos blancos en el nivel más alto y a los africanos negros en el más bajo, considerándolos más próximos a los animales. La frontera entre lo humano y lo no humano se manipuló así para justificar la esclavitud y otras formas de dominación 19, 4, 5.
«La taxonomía no solo clasifica las plantas: también determina quién puede nombrarlas y qué formas de conocimiento son reconocidas como legítimas.»
Este sistema eurocéntrico, androcéntrico y antropocéntrico no estuvo exento de críticas. De hecho, la taxonomía de Linneo fue ampliamente cuestionada en el siglo XVIII 12. La historia de la nomenclatura botánica podría haber sido muy diferente si se hubiese optado por alguno de los sistemas de sus contemporáneos. Uno de sus principales opositores fue el naturalista francés Michel Adanson (1727-1806), quien defendía el uso de nombres tradicionales, especialmente para plantas de interés médico o económico, y proponía una nomenclatura práctica y culturalmente diversa. Sin embargo, fue excluido de los círculos académicos dominantes y sus propuestas tuvieron una difusión limitada 20.
Marianne North (1830-1890), recolectora e ilustradora botánica, también criticó la imposición cultural británica sobre las lenguas, saberes y observaciones locales. Sin embargo, al ser una mujer, sus contribuciones no fueron consideradas científicas en igualdad de condiciones. Otros ejemplos de resistencia fueron Wilhelm Blandowski (1822-1878), marginado del entorno científico por desafiar el sistema botánico utilizando nombres aborígenes australianos, y William Colenso (1814-1883), colaborador del Real Jardín Botánico de Kew, que defendía la conservación de los nombres en lengua maorí 20.
Como muestran estos casos, las jerarquías del sistema colonial se reproducían también dentro del campo científico, incluso en las propias metrópolis, excluyendo a quienes desafiaban la ortodoxia botánica. La botánica colonial no reflejaba únicamente un conflicto entre diferentes formas de conocer y relacionarse con las plantas, sino también una estructura de poder profundamente desigual basada en el racismo, el imperialismo, el colonialismo y el extractivismo 12, 20.
↑ volver al índice3. Jardines botánicos
Ilustración del Gran Invernadero de Palmeras de Kew Gardens, Londres.
Además de la taxonomía, el imperialismo requirió de infraestructuras capaces de sostener el proyecto colonial de control y explotación de la naturaleza. En este contexto, los jardines botánicos desempeñaron un papel clave. Aunque en sus orígenes, en Italia durante el siglo XVI, estaban ligados al estudio de plantas medicinales, con la expansión colonial sus funciones se transformaron. Desde finales del siglo XVIII se convirtieron progresivamente en laboratorios imperiales donde las especies eran recolectadas, aclimatadas, reproducidas y redistribuidas de acuerdo con los intereses económicos y políticos de las metrópolis 13, 9.
Instituciones como Kew Gardens en Inglaterra, el Jardín del Rey en París o el Jardín Botánico Real de Madrid participaron en la financiación y gestión de expediciones de recolección de plantas, además de centralizar el saber científico y regular quién podía producir y validar conocimiento botánico 9. Los jardines no eran únicamente espacios donde crecían plantas: formaban parte de una red global que permitía trasladar especies de un territorio a otro, experimentar con sus posibilidades de cultivo y convertirlas en recursos económicamente rentables.
Instrucción sobre el modo más seguro y económico de transportar plantas vivas por mar y tierra. Ortega (1779).
Las redes de intercambio entre jardines botánicos permitieron hibridar, cultivar, cosechar y aclimatar especies lucrativas como el té, el café o el cacao, que serían esenciales para la industria de las plantaciones y para la economía imperial 21, 12. Los jardines se convirtieron así en zonas de paso de las rutas de bioprospección, reforzando el extractivismo y anticipando prácticas que hoy siguen presentes en determinadas industrias farmacéuticas y agroalimentarias. Al mismo tiempo, los directores de estos jardines podían asesorar a los gobiernos coloniales sobre la gestión de los recursos naturales 22.
En paralelo, los jardines botánicos funcionaban como instrumentos culturales. El jardín operaba como metáfora del orden imperial: un espacio en el que la naturaleza era disciplinada para recrear un paisaje idealizado 1. En las colonias, además, funcionaban como espacios de sociabilidad para los europeos, reproduciendo paisajes familiares —céspedes ingleses, paseos arbolados o quioscos— y reforzando la dominación colonial mediante la remodelación del paisaje 21.
↑ volver al índice4. Herbarios
Los jardines botánicos no eran únicamente enclaves vivos. También albergaban colecciones de plantas secas: los herbarios. En ellos se guardaban especies recolectadas en diferentes territorios, muchas veces gracias al trabajo de guías y expertos indígenas cuyo papel fue posteriormente borrado de la historia 14. Los herbarios permitieron conservar, comparar y estudiar especímenes fuera de sus territorios de origen, convirtiendo las plantas en objetos transportables y almacenables dentro de las instituciones científicas europeas.
El interior del Herbario Nacional de Nueva Gales del Sur, 1820
Lo que se producía en estos espacios era, una vez más, una reordenación, renombramiento, reinterpretación y apropiación de conocimientos y saberes tradicionales indígenas en búsqueda de la llamada «objetividad científica» 3, 24. El conocimiento local era extraído junto con la propia planta y posteriormente reinterpretado dentro de las instituciones coloniales. Lo que aparecía publicado como un nuevo descubrimiento podía ser, en realidad, un conocimiento que ya existía en el territorio y que había sido transmitido durante generaciones.
El espécimen vegetal podía quedar así separado de las relaciones ecológicas, culturales y sociales que le daban sentido. Una vez seco y colocado en una colección, pasaba a formar parte de un sistema de conocimiento diferente: etiquetado, clasificado, ordenado y almacenado 5. El territorio quedaba lejos; también las personas que habían participado en la identificación de la planta y los saberes asociados a ella.
Esta transformación resulta especialmente significativa porque muestra que la apropiación colonial no consistió únicamente en trasladar recursos naturales de un territorio a otro. También implicó trasladar las formas de nombrarlos, clasificarlos y explicarlos. Los herbarios pueden entenderse, por tanto, como parte de una infraestructura material de la botánica colonial. Junto con los jardines, las expediciones y los sistemas taxonómicos, hicieron posible una nueva relación con el mundo vegetal basada en la extracción, la circulación y el almacenamiento. La planta podía viajar mucho más allá de su lugar de origen y continuar siendo estudiada una vez que había sido arrancada de las relaciones que sostenían su existencia.
↑ volver al índice5. Ilustración botánica
Antonio Barrionuevo (expedición a Nueva Granada), «Myrodia globosa»
Además, la dominación colonial también se sostuvo a través del arte y, en particular, a través de la ilustración botánica. En las expediciones no viajaban solo naturalistas, sino también artistas encargados de hacer representaciones visuales del mundo vegetal. Entre 1770 y 1800, por ejemplo, el imperio español generó unas 12.000 ilustraciones botánicas 23, 9. Estas imágenes, más fáciles de transportar, reproducir y conservar que los especímenes físicos, permitían estudiar las plantas en diferentes partes del mundo y, al mismo tiempo, servían para obtener financiación y comunicar los llamados «descubrimientos» científicos.
No se buscaba necesariamente a artistas creativos con libertad para interpretar aquello que observaban, sino a personas capaces de subordinarse a la autoridad científica de los naturalistas. Las ilustraciones tenían que seguir estándares visuales estrictos y producir representaciones idealizadas de las plantas, deliberadamente descontextualizadas 23. El fondo blanco eliminaba toda referencia al entorno natural y cultural de origen: desaparecían el suelo, las otras especies, el paisaje y las personas que formaban parte de la vida de la planta.
De este modo, la «epistemología visual» descrita por Bleichmar (2012) 23 se convirtió en una herramienta tanto de conocimiento como de poder. La imagen permitía llevar una planta a otros lugares sin transportar el organismo completo y contribuía a convertirla en un objeto estable, identificable y clasificable. La representación visual no era simplemente una ilustración de un conocimiento producido previamente: participaba activamente en la construcción de ese conocimiento.
Al separar visualmente las plantas de sus territorios y relaciones, las imágenes ayudaban a convertirlas en objetos susceptibles de ser recolectados, transportados, clasificados y explotados. El arte no ocupaba, por tanto, un lugar secundario dentro de la empresa colonial. Formaba parte de sus propias herramientas de conocimiento y apropiación, al mismo tiempo que contribuía a consolidar una determinada manera de mirar y ordenar el mundo vegetal.
La historia de la botánica muestra así que la clasificación, los jardines, los herbarios y las imágenes no fueron estructuras aisladas. Todas ellas formaban parte de una misma red de producción de conocimiento en la que ciencia, economía, imperialismo y poder se reforzaban mutuamente. La botánica permitió conocer el mundo vegetal, pero también contribuyó a decidir quién podía nombrarlo, quién podía estudiarlo y quién podía beneficiarse de él. Revisar esta historia permite preguntarnos qué saberes quedaron fuera de esas instituciones y qué otras formas de relacionarnos con las plantas fueron silenciadas en el proceso.
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