Herbario Vivo Logo

Herbario Vivo

Herbario Vivo es una iniciativa que busca visibilizar las voces y memorias del mundo vegetal, abriendo caminos hacia éticas de cuidado y coexistencia multiespecie.

Cuaderno de campo · 14.08.2026

Sobre zarzas, matos, malezas, buenazas y otros regalos de la vida

Vivo en una zona donde las zarzas son muy comunes en los montes y caminos. Y, en los pueblos, también forman parte de los bordes de los jardines y campos.

Zarzas

He crecido viendo a la gente luchando contra ellas. Intentando controlarlas, dominarlas y eliminarlas, ya que las consideran algo molesto e indeseable. Me acuerdo de estar de pequeña con guantes y tijeras en la mano, con la tarea de cortar y limpiar caminos. Y también de oír a los mayores diciendo: «Cómo ha llovido este año, no hay más que matos».

Tenemos una necesidad inmensa de controlar lo que nos molesta, en vez de aprender a vivir con ello, a cohabitar. Llenamos nuestros campos de pesticidas para evitar que ciertas plantas —a las que ponemos el adjetivo de «malas»— crezcan. ¿Acaso merecen que las llamemos así?

En realidad, no existen criterios biológicos claros para categorizar una planta como tal. Lo que se conoce en inglés como weeds y en español como maleza o malas hierbas depende del contexto. En la agricultura industrial, las malezas son aquellas plantas que crecen fuera de lugar, donde no se las desea. En cambio, de acuerdo con la permacultura, ninguna planta es una mala hierba en sí misma. Curiosamente, algunos ecólogos latinoamericanos se refieren a ellas como buenazas. ¿Paradójico, verdad?

Plantas espontáneas junto a una alcantarilla

Gran parte de lo que en España consideramos «malas hierbas» son plantas que vienen de otros territorios, que con el paso del tiempo han ido formando parte de nuestro paisaje y que, en sus lugares de origen, se las reconoce por tener muchas cosas buenas. Algunas son comestibles o medicinales, otras nos dan información sobre la salud del suelo o son refugios de biodiversidad. De esta forma, las malezas no son más que compañeras con historias olvidadas, borradas y profundamente entrelazadas con nociones culturales. Son víctimas de nuestra herencia colonial de entender el mundo y vivir en él.

Por suerte, hay otras formas de relacionarse con las plantas, los suelos, los hongos, los pájaros, las rocas… Otras cosmovisiones que han seguido viéndose como parte de la naturaleza, para las que los demás seres (vivos o no) siempre han sido familia, compañeras y, por lo tanto, han creado vínculos de cuidado con ellas. Recientemente he terminado el libro El nombre del mundo de Robin Wall Kimmerer —botánica, escritora, docente y miembro de la Citizen Potawatomi Nation—. En él, la autora reflexiona mientras recolecta bayas sobre la economía de los dones o, por no usar la palabra «economía», sobre las relaciones de intercambio entre distintos seres.

A veces se nos olvida que somos interdependientes, que vivimos gracias a los regalos que nos dan los demás: cuidado en nuestros momentos más vulnerables, comida que proviene de las plantas, calor del fuego o cobijo bajo las piedras que forman nuestro hogar. Todo es, en realidad, resultado de intercambios, de regalos entre una multitud de cosas que forman la trama de la vida. Por ejemplo, las zarzas son el resultado del humus de la tierra formado por los invertebrados y microbios, de la lluvia, del sol, de los polinizadores y de otros sucesos invisibles a nuestros ojos. Todo regalos en una red continua en la que cada ser obtiene lo que necesita.

Por ello, Robin Wall Kimmerer nos habla de abundancia. En un mundo con límites biofísicos claros, conocidos y presionados, parece incoherente hablar de abundancia. Suena a un discurso del capitalismo que intenta convencernos una vez más de que el crecimiento puede seguir siendo ilimitado. Nuestro sistema económico es el resultado de la acumulación, la competencia y el despojo. Pero ¿qué pasaría si no fuese así? ¿Qué pasaría si, en vez de dinero, utilizásemos como moneda la reciprocidad, las relaciones y la gratitud? Dar y recibir es una forma fundamental de cuidado mutuo. ¿Y si incluyésemos en nuestro círculo de cuidado a otros seres con los que compartimos nuestro territorio?

La autora nos dice que «la moneda de esta economía del regalo es la relación y un vecindario donde la gente se conoce por su nombre, incluso los más cascarrabias». Ya va siendo hora de conocer por su nombre a las plantas con las que nos cruzamos de camino al trabajo o a los pájaros que oímos desde la ventana y de reconocerlos por lo que son: vecinos, compañeros e incluso futuros amigos de vida.

Caminando entre plantas

Llevo ya un año y medio aprendiendo más sobre plantas. Me he aprendido el nombre de mis vecinas y me alegra cuando me las cruzo cuando me voy de viaje. He aprendido sus características y sus historias. Y estoy aprendiendo a relacionarme con ellas de otra manera.Me gusta salir al jardín a ver cómo están, cómo van cambiando con las estaciones, ver con quién conviven.

Me interesan en especial las malas hierbas. Esas que la gente tiende a olvidar. Creo que me llevo bastante bien con las zarzas. Aunque son muchas las veces las que salgo arañada y con algún pincho que luego tardo semanas en quitarme. Este año he recibido muchos regalos de ellas.

Supongo que la mayoría ya sabrá que las zarzas dan moras. Ayer justamente fui a recoger moras a las zarzas que crecen en los bordes de mi jardín. Si hubiese seguido esa mentalidad de limpieza y pureza para tener un césped inglés —y seguir fomentando el colonialismo vegetal— solo habría tenido un césped quemado porque no llueve nada y hace mucho calor. Sin embargo, he podido coger moras. Y al cogerlas, sentí la abundancia que Robin Wall Kimmerer describía en el libro. Había muchísimas. Había para mí, para los pájaros, para las avispas, para otros insectos que se las estaban comiendo y para el suelo también.

Moras de zarza

Así que ayer las zarzas me regalaron moras. Me comí algunas y con las demás hice mermelada, alguna para casa y otro poco para regalar. Y también hice pintura. Estoy experimentando a hacer pigmentos vegetales, otro de los caminos por los que me ha llevado el relacionarme más con las plantas. Así que aquí os dejo un dibujo de unas zarzas pintado con moras. Qué bonito que sea la propia planta la que se pinta a ella misma. Parece poesía.

Dibujo de zarzas realizado con pigmento de mora

Las zarzas también me han regalado tiempo, paciencia y reflexión. Este invierno estuve cortando algunas zarzas y con ellas hice un pequeño recipiente. Cuando aprendes a relacionarte con las plantas, aprendes a darles una segunda vida y a no desaprovechar los regalos que te dan. He estado aprendiendo a hacer cestería desde que podamos en invierno el sauce del jardín. Ahí aprendí que también existe la cestería salvaje y que con las zarzas se pueden también hacer cestas. Solo hay que tener paciencia y limpiar las zarzas para quitar las espinas, doblarlas con cuidado e ir uniendo ramas en un baile entre mis manos y ellas.

Recipiente hecho con ramas de zarza

Así me quedó el recipiente. La verdad que disfruté mucho del proceso y, cuando lo miro, pienso en las zarzas. Como estoy muy orgullosa y agradecida, le he dado mucho uso y mucha gente ha podido verlo. Siempre que cuento que lo he hecho con zarzas se sorprenden.

Me gustaría pensar que llegará el día en el que no será sorprendente, sino simplemente algo natural. Que aprenderemos a dialogar con las zarzas, a aceptar sus regalos y a darles las gracias. Hasta entonces iremos hallando el camino, resistiendo y creando comunidad, como las zarzas, entre las grietas de este sistema tan loco y erróneo en el que vivimos.