Cuaderno de campo · 2026
Tras los pasos del ailanto
El Ailanthus altissima, también conocido como ailanto, árbol del cielo o árbol de los dioses, es un árbol que crece en los bordes de las carreteras, en solares abandonados y en otros lugares alterados.
Durante un tiempo fue un árbol muy apreciado. Decoraba ciudades y jardines, se utilizaba con fines medicinales y sus hojas servían para fabricar papel, obtener tintes y alimentar al gusano del ailanto, cuya seda llegó a conocerse como la “seda del pobre”. Originario de China, llegó a Europa en el siglo XVIII de la mano de Pierre d’Incarville, un sacerdote jesuita que envió semillas desde Pekín a París.
El ailanto viajaba, por tanto, acompañado de intereses económicos, científicos y ornamentales. Se plantó en jardines botánicos, ciudades y otros territorios porque se consideraba útil, exótico y resistente.
Y resistente es, sin duda, una de sus grandes características. Puede crecer muy rápidamente, rebrotar desde sus raíces cuando se corta y producir una enorme cantidad de semillas que se dispersan con el viento. Además, libera sustancias químicas en el suelo que pueden dificultar el crecimiento de otras plantas. Es capaz de colonizar lugares donde otras especies tienen dificultades para sobrevivir.
Hoy, en España, está considerada una especie invasora.
Al buscar información sobre el ailanto aparecen expresiones como “especie invasora infernal”, “árbol del infierno” o “un monstruo que crece rápido”. El lenguaje con el que hablamos de estas plantas tampoco es inocente: invasión, erradicación, eliminación, control, amenaza… palabras que muchas veces pertenecen al vocabulario de la guerra.
¿Pero deberíamos referirnos así a otro ser vivo?
En realidad, en muchas ocasiones, las especies no se mueven solas por el planeta: somos los humanos quienes las transportamos, voluntaria o involuntariamente. Primero las utilizamos porque nos resultan útiles o exóticas y, después, empezamos a verlas como un problema. Quizá por eso me interesa pensar en el ailanto como un árbol asilvestrado: un árbol que ha escapado de los lugares y funciones que habíamos previsto para él.
En China, de donde es originario, el ailanto forma parte de otras redes de relaciones. Insectos, enfermedades, competidores y otros organismos interactúan con él y contribuyen a mantener sus poblaciones. Al llegar a otros territorios, esas relaciones cambian. Ya no es el mismo árbol en el mismo mundo: ha viajado y también ha cambiado el contexto que lo rodea.
Así, plantas, historia, cultura y política están estrechamente entrelazadas.
A lo largo del tiempo hemos utilizado árboles y otras plantas para transformar paisajes y territorios, para hacerlos productivos, habitables o reconocibles según nuestros intereses. A veces también para borrar las huellas de quienes estaban allí antes. En lugares como Palestina, por ejemplo, la plantación de determinadas especies ha formado parte de procesos de transformación del paisaje y de apropiación territorial.
Por eso me interesa seguir los pasos del ailanto. Porque el árbol que hoy vemos creciendo en una cuneta tiene detrás una historia mucho más larga: jardines europeos, intercambios botánicos, proyectos económicos, migraciones de plantas, ciudades, carreteras y paisajes transformados.
Si miramos con atención, descubrimos que cada planta tiene una historia.
El ailanto no es solo un árbol que crece en las cunetas. También cuenta historias sobre nosotros: sobre lo que decidimos transportar, cultivar y domesticar; sobre aquello que después queremos eliminar; sobre las fronteras que trazamos entre lo de aquí y lo de fuera; y sobre nuestra necesidad de ordenar y controlar el mundo vegetal.
Quizá seguir los pasos de una planta sea también una forma de seguir nuestros propios pasos.